miércoles, 6 de marzo de 2013

OTRO MUNDO


Henrique Lazo   

No es fácil explicarse como ser Latinoamericano. Siendo el recipiente de descendientes de europeos, aborígenes y africanos, trazar la huella cultural no es tarea que comienza en 1492. Desde las civilizaciones indígenas precolombinas, junto a las civilizaciones africanas, y la ibérica, con sus componentes griego, romano, judío y árabe, mucha es el agua que ha pasado debajo de los puentes.

El humanista mexicano Carlos Fuentes –referencia fundamental para entender la cultura y la realidad latinoamericana- piensa que el drama actual de la América Latina, puede resumirse en un hecho: el acervo cultural latinoamericano no tiene correspondencias en el orden económico y político. Una civilización inmensamente rica y plural, no ha encontrado aún continuidad política y económica comparable.

Fuentes, navega la historia cultural de América Latina, desde las construcciones solares de Machu Picchu y Teotihuacán hasta la arquitectura moderna en México y Brasil. De las pinturas murales indígenas con los muralistas modernos de México, y la continuidad, es asombrosa. El origen enriquece el presente, el presente alimenta el porvenir y cada  una de nuestras raíces antiguas tiene sus manifestaciones modernas.

El autor de “El Espejo Enterrado”, se pregunta: Puede la educación ser el puente entre la abundancia cultural y la insolvencia política y económica de la América Latina. Por qué, siendo tan visible y aprovechable esta continuidad, insisten nuestras ideologías políticas en separarlas negativamente en bloques antagónicos, que sólo se aman a sí mismas cuando plantan el pie sobre el cadáver de la ideología precedente.

No se trata de darle a la educación el carácter de curalotodo que le dimos a la religión en la Colonia (resignaos), a las constituciones en la Independencia (legislad), a los Estados en la primera mitad del siglo veinte (nacionalizad), o a la Empresa en su segunda mitad (privatizad).

La cultura preexiste a la nación. La nación es fuerte si encarna a su cultura. Es débil si sólo encarna una ideología. Se trata, más bien, de darle su posición y sus funciones precisas tanto al sector público como al privado, sujetando a ambos a las necesidades sociales manifestadas y organizadas por el tercer sector, la sociedad civil. No el poder sobre los demás, sino el poder con los demás.

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